30 enero 2006

Strokes en la tercera fase


The Strokes se presentan ante crítica y seguidores con su tercer disco bajo el brazo, situación comprometida para cualquier grupo, pero más para uno cuyas características básicas siempre se antojaron como tendentes al agotamiento más que al infinito reciclaje (el futuro dirá lo que ocurre con Franz Ferdinand, con un destino similar, y ya prácticamente denostados por los mismos que los encumbraron hace poco, con sólo el segundo disco en el mercado... hay un sector de la crítica que es al rock lo que Jesús Gil a los entrenadores).

Los dos primeros trabajos de los cinco chicos de NYC ocasionaron la continua y fatigosa referencia de la crítica hacia la Velvet, Television o Blondie. Desde luego, el grupo bebía de estas fuentes, como de muchas otras, pero desde el principio, mostraron un gran potencial y capacidad para desarrollar un sonido propio. Creo haber pensado, tras escuchar Room on fire, que Strokes habrían logrado parecerse a sí mismos, lo cual yo creo que decía bastante de ellos, pero por otra parte no dejaba de ser un arma de doble filo.

Quiero decir que, de entregar un tercer trabajo que, de hecho, supusiera una tercera parte de la misma historia, todo el mundo se les habría echado encima y nadie habría disfrutado del savoire faire de una banda que, si realmente es lo que le apetece, tiene todo el derecho a permanecer repitiéndose mientras exista.

Sin embargo, yo diría que Strokes han caído en la trampa. No han hecho el disco que les pedía el cuerpo. Y eso se nota porque, en sus primeras impresiones del planeta Tierra, existen tres tipos de temas o, mejor dicho, dos:
  1. Canciones asociables al repertorio clásico de Strokes.
  2. Canciones de huída hacia adelante: Éstas se subdividen en dos, unas de una mediocridad alarmante; otras de calidad grandiosa.

¿Cómo sacar primeras impresiones de la Tierra? ¿Viendo cómo el planeta está amenazado por la proliferación de armas nucleares? ¿Desactivando esas armas nucleares? Y yo... ¿a dónde quiero llegar? Pues a un juicio muy atrevido, que es el siguiente: El sector feo, malo, del último disco de Strokes me recuerda a las pataletas que se dedican a ejercitar U2 últimamente. Sucede con el primer single, Juicebox, para mí de una manera tan evidente que apenas admitiría discusión; pero con un tema como Fear of Sleep, el quintento cae desgraciadamente en la épica de la mediocridad: amplificadores exprimidos, susurros a media voz antecediendo un estribillo donde el paulatino cambio de ritmo conduce a una melodía construida a base de sílabas estiradas como el chicle y una voz que, lejos de resultar lírica, uno interpreta como cercana al más falso de los tormentos, resultado que uno rápidamente asocia con la imagen de un estadio masificado y proclamas en favor de la paz mundial. ¡Hugh!

Porque, en general, la voz parece haber ganado protagonismo. Es cierto que las guitarras son más exhuberantes a veces (aunque no siempre de manera acertada, como acabamos de ver) pero yo creo que el disco se caracteriza, más que nunca, por la constante presencia del cada vez más virtuosista trabajo de Julian Casablancas. Inmediatamente después del descabalabro sufrido en Fear of sleep, disfrutamos sin embargo de uno de los mejores temas del disco (15 minutes), justamente útil para comprobar cómo el vocalista, lejos de alejarse de las luces, se hace merecido acreedor a ellas.

Es el desconcierto que ocasiona un disco que empieza con una amenaza: ¿Más de lo mismo? Y es que You only live once es representante de esa mitad del disco en el que Strokes han tirado de personalidad propia, un área no contaminada donde apenas es perceptible el trabajo del nuevo productor, ni tampoco la (¿inconsciente?) presión de la prensa y público. Es posible entonces que no constituya una casualidad el hecho de que Red light sea la canción encargada de cerrar el CD, un tema que vuelve a sacar los ritmos contundentes pero técnicos, la guitarra de arpegios cálidos y juguetones, y la voz atemperada que ha caracterizado al quintento de la Gran Manzana desde sus comienzos.

A mí no me importa que en temas como los mencionados caigan en la repetición. Es lo que mejor saben hacer, lo que llevan dentro, pero más allá de esas concesiones manieristas, a su público y a sí mismos, los mejores momentos que Strokes consiguen en su irregular tercer trabajo, vienen proporcionados por esas contadas huídas hacia adelante que sí han alcanzado un equilibrio, como Razor blade, la mencionada 15 minutes, o mi favorita, On the other side, con un comienzo que ofrece una melodía emocionalmente demoledora y un estribillo realmente enternecedor, entroncado con la tradición vocal más añeja del country (tramperos de Connecticuuuuuut).

Y una isla: Ask me anything o cómo pasar de ser Strokes a Magnetic Fields. Esto sí es lírica. Esto sí es un susurro honrado, y no una vulgar lamida de oreja.

Conclusiones:

Primera fase: Sorpresa, revolución musical y estética.

Segunda fase: Batacazo comercial. Primeros y atosigantes reclamos de un giro y una evolución más tangible.

Tercera fase: Objetivo prioritario: No aburrir. ¿Lo consiguen? Yo creo que sí. ¿El disco está a la altura de sus antecesores? Claramente, no, pero no deja de ser buenísimo, si obviamos dos o tres deslices.

Fran Fernández (otra vez): Los grupos no deberían tenerle miedo a la prensa.

Isaac Lobatón

24 enero 2006

...y realidad de oro

A finales de septiembre, TVE iniciaba la emisión de una serie antológica que recogía lo más destacado de La edad de oro. "¿De verdad nos imaginamos algo así hoy en día?". Era la pregunta que nos hacíamos entonces, añorando otro tiempo, otras maneras de hacer televisión. Además, la cuestión daba lugar a otra que no nos hacíamos en voz alta porque, en general, nos gusta apreciar lo que hay, más que anhelar lo inexistente: “Ya que reponen La edad de oro, ¿por qué no hacer una edad de oro con contenidos del bello presente que nos rodea?”. ¿Conformismo? No. No es que hubiera perdido la fe en la posibilidad de que la televisión pudiera ofrecer un espacio musical serio, es que ya no contaba siquiera con la consciencia de que ello pudiera darse.

Pues bien, se diría que la reposición del histórico programa de Paloma Chamorro no era más que un aperitivo de lujo destinado a prepararnos para ese elemento audiovisual de cuya existencia ya no éramos conscientes.

El lunes comenzaron las emisiones de iPop. Los oyentes de Diario Pop conocíamos el proyecto desde principios de diciembre más o menos, y lo esperábamos, esta vez sí, con fe.

Primera imagen (¿) para la historia (?): Cycle; extracto de confusión!!!, sin lugar a dudas el grupo revelación del año, la apuesta más sorprendente del pop español en 2005. En los siguientes minutos, Los Planetas en su Refugio Antiaéreo, explicando la adaptación del compás flamenco que van a hacer en su próximo disco, a mediados de este año par, como corresponde. Amaral, a los que, gusten o no, hay que reconocer una cierta elegancia en la factura del pop comercial que llevan a lo más alto de las listas mainstream. Complementariamente, un bloque de noticias cortas y una agenda de conciertos... Dios mío... estas cosas eran tan normales hace unos años... Y al día siguiente, Franz Ferdinand, Goldprapp, Seine, y dos reportajes, uno sobre el Hip-Hop, y otro sobre moda, con la madrileña calle de Fuencarral como escenario.

La China Patino, componente de Cycle, es la encargada de ponerle cara a esta, como explicamos más adelante, ejemplar manera de entender la divulgación musical. Es cierto que, como presentadora, le falta un hervor, pero también Alaska aparecía algo cohibida en los primeros programas de La Bola de Cristal. Podemos esperar grandes cosas de ella en cuanto le pierda el poco miedo que aún le tiene a la cámara.

Es imposible sustraerse al hecho de que es Jesús Ordovás y no otro el que dirige el programa. Y eso es bueno, porque 25 minutos, por ejemplo, no dan para muchas florituras dialécticas, aspecto que nunca ha caracterizado a Ordovás, conciso y directo como el pop que tanto ama y reivindica. También se percibe claramente su mano en la elaboración de los guiones, pero lo más importante es, sin duda, la ausencia de protagonismo, tanto de presentadora como de colaboradores.

El reportaje sobre Los Planetas (ojo a su próximo disco) es una buena muestra de ello. Creo que era en El Mundo donde escribían algo así como “nunca se vio a J tan suelto”. Muy sencillo. Ordovás siempre ha dejado hablar a los músicos. Jamás ha pretendido arrebatarles un estrellato, que les pertenece a ellos en exclusiva, a través de frases rimbombantes y jaleos oportunistas. Yo, casi nunca le he oído emitir un juicio, mucho menos un juicio negativo. Sus dictámenes ya vienen dados de manera implícita a través de la música y de las entrevistas que ofrece en su veterano espacio en Radio 3. ¿Para qué hablar de más? ¿Por qué la necesidad de estar permanentemente demostrando a través de un discurso pedante que se sabe más que nadie? Músicos y productores le adoran y le respetan, sí, porque es de los pocos periodistas que les deja hablar y les permite ser verdaderamente ellos mismos, y porque, a su vez, él es capaz de respetar todas las tendencias y hallar, entre el marasmo de producción pop, el valor más importante de todos: la creación honrada; aquella que, si obtiene el éxito, lo hará de manera colateral.

Las comparaciones son odiosas, pero se me ocurren tantas... aún así, me abstengo. Además, no hace falta; a los que hayan disfrutado de iPop por las razones aquí descritas, seguro que le llegarán a la cabeza algunas de las mismas personas que a mí. Y siempre dijimos que en este blog, al menos yo, iba a intentar no hablar mal de nadie.


Isaac Lobatón

15 enero 2006

Listas y listillos

Todos los años sucede lo mismo. Aparecen las listas con lo mejor del año. Y con ellas, los incomprensibles enfados y las frustraciones de muchos.

Pero hay que reconocer que, a veces, realmente uno tiene la sensación de que el cuerpo de críticos del país le vacila. Recuerdo con estupor cómo el “Aserejé” de las Ketchup ocupó el número 2 en la lista elaborada por Rockdelux para 2002. Y puedo entender perfectamente, sin compartirlo, el criterio que encumbró al hit de Queco al podio de la controvertida publicación independiente, pero eso no mitiga un ápice mi sorpresa. Sobre todo porque colocar en el número 2 una determinada canción implica, por definición, que sólo existió una mejor que ella. Esto, que es una perogrullada, cobra importancia cuando, como aquel año, por debajo de las Ketchup quedaron nombres como Los Planetas, Señor Chinarro o Carrots.

¿Cómo sabe la gente cuando un grupo es independiente o no lo es? Bueno, porque lo dicen las revistas independientes, claro... Otra perogrullada, esta vez salida de la lúcida cabeza de Fran Fernández. De vez en cuando, no está mal recordar evidencias como ésta. Más ahora.

En el número de enero de RDL, M.I.A., como era de esperar, ocupa el primer puesto en la lista de álbumes internacionales. A mí, personalmente, su música me parece de una petardez insoportable, aunque no he oído todo lo que debería, pero bueno... no creo que vaya a iluminar mucho mi camino. Bajo esta premisa, me da igual que reivindique algo tan abominable como el reggaeton, puesto que, si no me interesa su trabajo, menos aún sus aficiones e influencias. Lo que me parece alarmante es que, no sé bajo qué coartadas, percibo en RDL una cierta condescendencia ante el reggaeton a raíz de la entrevista a M.I.A del número de octubre. Incluso se insinúa un cierto paralelismo con la eclosión del Rock’n’Roll, en tanto en cuanto, cuando ésta se produjo, fue tachada también por un sector distinguido de público y crítica como una manifestación musical vulgar, grosera y para público poco exigente. Por favor...

Ser pieza clave en la consagración de un artista o grupo es la mayor fantasía sexual de un periodista musical. Imagínense llegar a hacer lo mismo con un movimiento completo, con el reggaeton. ¿Está RDL abonando el camino para convertir este estilo en el fenómeno cool de la segunda mitad de la década? No lo creo, sinceramente. Quiero pensar que lo que hacen es considerar la posibilidad de que haya algo dentro de ese mundo que pueda merecer la pena, lo cual me parece digno de admiración.

De todos modos, si por algo se caracteriza la publicación es por la variedad en las opiniones de sus diferentes colaboradores.

En noviembre, Juan Manuel Freire hablaba maravillas del segundo álbum de Franz Ferdinand.

En diciembre, Santi Carrillo (director) desmenuzaba el mismo trabajo tema a tema y, esta vez, no salían tan bien parados. Se hacía una pregunta que, otra vez, me alarmó: “¿Un quinto disco? No, gracias”. Pero, ¿quién está hablando de un quinto disco? ¡Si estamos ante el segundo! ¡Qué manera de proyectar hacia el futuro! Vamos a ver, ¿nos gusta el segundo disco, éste que forma parte de nuestro presente? ¿No? Muy bien. ¿Sí? Mejor aún, disfrutamos de más cosas.

Me permito utilizar de nuevo una frase de Fran Fernández: “Criterio” viene de una palabra que significa “vara de medir”. ¿Y para qué querría alguien una vara si no es para darle en la cabeza a alguien con ella?”.

Parece, no obstante, que la opinión del jefe ha prevalecido, ya que, en la lista con lo mejor del año, FF se han hundido. You could have it so much better... no aparece como uno de los sesenta (!) mejores discos del año. Me parece un castigo excesivo que parece sospechosamente derivado del paso al mainstream por parte de los cuatro de Glasgow. Y eso que el éxito de FF no ha venido dado por una planificación minuciosa como ha sucedido con otros ex indies...

En fin, que es tiempo de listas, y de ellas se extraen muchas conclusiones. Fomentan el debate, la conversación musical, y también el pique entre amigos, como un lunes por la mañana después de la jornada de fútbol. Y además, sirven para conocer a grupos de los que uno no había oído hablar en su vida. Así que, ¿por qué no disfrutar con ellas en lugar de enfadarse?

Isaac Lobatón