26 enero 2010

Nueva York y sus retazos

Hace dos semanas que volví y ya lo voy superando. Cierro el tema con una serie de ideas sueltas, vagas y superficiales.

- Me ha aburrido mucho que me pregunten al llegar sobre dos cosas: El frío y los controles. Si me ven, no lo vuelvan a hacer.

- Los controles: cuando vas a EE.UU. ya sabes lo que hay. Si vas a pasar el 90% tratando de afianzar tu condición de europeo culturalmente superior sobre la base de las presuntas faltas de respeto que has sufrido, eres muy libre, pero para eso no te gastes la pasta, colega...

- Me importa un pito que el gobierno de EE.UU. tenga una foto mía y mi huella dactilar.

- Me importa dos, que me escaneen y me vean las bolillas. Es más, si alguien usa esa foto mía con fines digitales -abandónense a la polisemia sin complejos- pues con su pan se lo coma.

- Me entristece llegar aquí y que haya tanta gente que te hable de los gringos de la misma manera displicente que cuando las concentraciones anti-OTAN de los ochenta. Sobre todo, cuando, por poner un ejemplo, nuestro país va a situar el listón a una altura difícilmente superable (bueno, ahí está Italia currándoselo, pero dejando la responsabilidad a un solo hombre; aquí tenemos dónde elegir) de dieciséis años de presidentes ridículos voluntarios. Y ojo, que todavía pueden ser veinte. ¿No sería mejor que nos calláramos?

- Aquí, la foto de la terraza donde me visitó el marciano aquel:


- Y aquí la de un vecino que, el año pasado, también tenía la ventana decorada con frases reivindicativas. No se ve en la foto, pero a la izquierda, en la puerta, su correspondiente banderón, que ser crítico no implica dejar de tener sentido de estado. Como en Lavapiés, vamos...


- Stiffelio resultó ser una ópera algo chocante. Aquí, las feministas y feministos habrían boicoteado su estreno. No creo que fueran capaces de ver que la sublimación de la moral que lleva a cabo produce tanto asco -además de su fracaso y ostracismo tras su estreno, precisamente por adelantarse a su tiempo- que el efecto que consigue es que te den ganas de ponerte a manifestarte y a romper sujetadores y sujetadoras en la Quinta Avenida.

- Siguen abrumándome las cuestiones raciales. Sé que en los posts he hablado a menudo de un negro, de una reunión de blancos, etc, etc, pero es que es algo que me parece que está muy presente. Por ejemplo, un día fuimos al ballet de la
compañía de Alvin Alley, que no es una compañía cualquiera de ballet, sino una compañía negra. Es así. El tercer acto era, de hecho, una coreografía de su fundador con la que el teatro se vino abajo: campos de algodón, trabajo de sol a sol, vestidos tipo "El color púrpura", chalecos de rayas verticales amarillos y negros... Lo que me llamó la atención era que, en este caso, sí que había blancos, aunque entre el cuerpo de baile sólo existía uno entre veinte. ¡Imagínense lo bueno que tenía que ser!

- Algo tan auténtico, tan concupiscente, te da para pensar: "¡Muerte a la espiritualidad! ¡Viva el ritmo! ¡Abajo la introspección! ¡La sensualidad al poder!"

- En el concierto de Levon Helm y Okkervil River sucedió justo al contrario. Bueno, no. Más... Esta vez, entre los asistentes (unos 5.000) yo debía de ser de los más exóticos. Y es que estamos hablando de un tipo de música que a todo el que no sea blanco le importa un pimiento, la verdad. No se puede pedir a un tipo que viva en la 136 que flipe con el desarrollo que un hombrecillo pálido de Arkansas ha hecho de la herencia folk británica porque, lógicamente, se la sopla. Y menos aún que demuestre interés por unos chicos de Texas (¡nada menos!) por mucho que éstos sean capaces de ensamblar su tradición folk-rock con, pongamos, The Jam. ¡Y cómo!

- Los blancos se venían abajo con los grandes clásicos de Levon Helm exactamente de la misma manera que los negros con la mítica coreografía de Alvin Alley.

- Patrick Pestorius, bajista de Okkervil River está tristón. Con la marcha que tenía cuando lo vi en Barcelona... Lo habrá dejado la novia.


- Lo que se han dejado todos es barba. Ahora sí que parecen de Texas y no de la Costa Oeste como antes. Bueno, todos no. El acordeonista y teclista que se parecía a Fred Astaire sigue pareciéndose a Fred Astaire.

- Algo tan auténtico, tan químicamente puro, te da para pensar:"¡Muerte a la sensualidad! ¡Viva la melodía independiente! ¡Viva la evanescencia celta! ¡Muerte al ritmo salvaje! ¡Muerte a Satán!"

- Además, esas pelirrojas-rubias de caderas anchas, con sus botas vaqueras y sus pistoleras, también tienen su sensualidad. ¿O no?


- Me pregunto, aparte del deporte, qué es lo que vertebra culturalmente ese país, ya que todo esto me hace dudar de la universalidad de Bob Dylan como símbolo. ¿El jazz, quizá?

- La canción con la que Dean & Britta cerraron su concierto era la versión de "Ceremony" del "On fire". No me acordé hasta el otro día, cuando, cantándola en el coche, se despejó de cualquier galaxización.


- No es cierto que Nueva York sea una especie de cochinillo urbanístico del que se aprovecha hasta el rabito. Fíjense el estado en el que se encuentra el edificio de la Factory warholiana.


- Lo han adivinado: El inmueble ya no existe. Si me he equivocado, menudo corte, pero miré en dos guías diferentes...

- En Nueva York no hay ensaladilla de gambas, el vino es carísimo y las copas son una puta mierda. Además, una bolsa de picos, si la encuentras, cuesta siete dólares...

...pero ir a Nueva York una vez al año debería ser recogido en la Constitución como un Derecho Fundamental.


Les dejo con esta simpatiquísima imagen:

¡Hasta la próxima, amigos!

20 enero 2010

FREEk! Diciembre-Enero

Entre que me curro y no me curro un post-epílogo neoyorquino y acabo varias cositas, entre ellas los contenidos para Mirador POP -que este fin de semana tenemos concierto los dos días- subo los contenidos para FREEk! de estos dos meses. El porqué no lo he hecho antes es un misterio que pertenece a los caminos inexcrutables de mi pereza. El caso es que tanto los discos de The New Raemon, como los de The Pains of Being Pure at Heart, Ramona Falls o Aviador Dro, parecen ya noticia de meses...

Además, subo el
Ni Crimen Ni Castigo del mes, en el que pido ayuda desesperada:

Todos somos criminales y castigados


Querido y acomplejado amigo. Hace un año que envié a los amigos de FREEk! la primera entrega de esta serie dedicada a los Guilty Pleasures. Pensaba que estaría chupao encontrar cada mes un artista, película o lo que fuera que resultase políticamente incorrecto defender, siempre teniendo en cuenta, claro, que esta revista se llama como se llama por algo. Pues no, ni de coña. No sé si es que yo he llegado a un punto en el que definitivamente me la trae al pairo lo que nadie piense de mis gustos y eso me impide ver más allá o que realmente empiezo a detectar que el personal cada vez alcanza mayores cotas de emancipación de los grandes tótems de la opinión. El caso es que la sección no sólo me gusta, sino que, a pesar de lo expresado, la sigo considerando necesaria; así que voy a ejercer de chupóptero y voy a pedir la colaboración de todos ustedes para que me escriban y me digan cuál es el grupo que les da vergüenza reivindicar ante sus amigos culturetas, indies o nerds. A partir de ahora, Ni crimen ni castigo se erige en altavoz de todos aquellos que quieran alzar su voz y su puño contra el gafipastismo opresor. ¡Muerte al miedo! - isaac.lobaton@gmail.com

11 enero 2010

Tarde de domingo

Aunque sea lunes, parece domingo por la tarde. Es mi último día aquí y, como siempre que te vas de algún sitio donde has estado a gusto, es un bajonazo. He salido a comer y me he vuelto a casa porque, la verdad, no me apetecía meterme en ningún sitio y en la calle hacía demasiado frío.

Luego vamos a la ópera a ver a Plácido Domingo, que ver a Plácido Domingo en NY es algo así como ver a... a... mmmmm...¿a Franz Ferdinand en el FIB? O a Messi en el Barcelona. El caso es que pensaba descansar bastante rato, pero NY me ha obsequiado con un capítulo de vida cotidiana que no esperaba.

Llegando a la primera parada de Brooklyn, el metro se ha detenido; al principio, parecía que no sería nada, luego, que iría para largo. El tren ha avanzado un poquito en un par de ocasiones, lo suficiente como para meter la cabeza del convoy en el andén de Borough Hall e invitarnos a todos aquellos que quisiéramos cambiar a las líneas 2 y 3 u otras a recorrer los vagones uno por uno -habrán sido como ocho o diez- hasta llegar al último donde ya podríamos bajar. Y eso hemos hecho la mayoría, atravesando esas puertas que dan tanto miedo y que separan los vagones.

Luego me he dado cuenta de que lo que dice mi novia es verdad, que su barrio es muy negro. Con tanta concentración de personas que se habían visto salpicadas por la avería, pude comprobar que cabecitas blancas como la mía había una por cada cien. ¡Qué cosas! Ahora entiendo lo que decía Andrés Montes de cómo se sentía cuando era pequeño en Madrid.

En fin, a ver si ya en España les cuento algo del concierto de Levon Helm y Okkervil River, porque esto ya toca a su fin.

Bloody Mary

Me he bebido treinta y dos Bloody Marys y tengo un siroco desconocido para lo que se puede alcanzar normalmente en NY. Cómo he llegado a este estado se explica de manera tan sencilla como esgrimiendo el inapelable poder de la gratuidad; todo ello en una ciudad donde, normalmente, el alcohol resulta bastante caro. Prohibitivo más bien.

El brunch del Essex ofrece tres cócteles con el plato, concretamente con los crab cakes con huevos benedictinos, patatas asadas y ensalada que me he metido entre pecho y espalda; todo por 18 dólares más propinas. Así, para acompañar mi copiosa comida he podido disfrutar de tres Bloody Marys.

La gracia es que luego los camareros te suelen regalar tickets para beber gratis en la barra. Nosotros les hemos caído bien a nuestras camareras y nos han dado ocho, lo que ha hecho mucho más sencillo combatir el frío de hoy, bastante seco e inmisericorde.

La barra estaba poblada por gente muy joven y el ambiente me recordaba al de un domingo en cualquier ciudad con movimiento universitario. Muy cerca nuestro, una rubia tontísima (otro tópico, sí) se empeñaba en dar libertad a su teta derecha mientras departía con sus amigas, lo que, de vez en cuando, parecía distraer a los dos chicos de nuestro lado, originariamente orientados hacia la pantalla donde retransmitían uno de esos soporíferos partidos de fútbol americano. Yo tengo la teoría de que el fútbol normal habría podido a la teta derecha de la rubia tonta, pero esa es otra historia...

10 enero 2010

Pedazos de carne

Reconozco que Abercrombie mola. Da coraje pasar por la puerta y ver esa cola de, por qué no decirlo, subnormales, pelándose de frío y esperando para entrar. Vale, eso me resulta incomprensible, pero si encuentras un momento en el que pasar sin tener que someterte a esa penosa peregrinación capitalista, puede que acabes entendiendo un poco, porque a medida que vas pasando minutos en la tienda te sientes más joven, más guapo, más alto, más definido, mejor. Se trata de abundar en la gran mentira que todo vendedor tiene por objetivo, que es hacernos creer que somos únicos, diferentes y muy especiales. Sólo con cómo te miran y saludan cada uno de los empleados que se plantan firmes en cada esquina, te sientes como Dios. Carne y voluptuosidad.

Carne como la del Brooklyn Diner. Mi novia dice que es turístico, que no merece la pena, pero de las siete u ocho hamburguesas que he probado en Nueva York, yo me quedo con esta sin lugar a dudas, así que aprovechando que estaba solo me acerqué y di buena cuenta del mundial pedazo de vaca que sirven en ese lugar.

Eso sí, podría haber pasado sin cenar, pero esa noche conocí otro de los santuarios gastronómicos de NY, el Peter Luger, y el Peter Luger es, simple y llanamente, carne. Sí, más carne. Esta vez no era un pedazo de vaca, sino más bien un sector, un inmenso plato con la materia prima exclusiva del restaurante convenientemente cocinada, crujiente por fuera, sedosa por dentro. Espectacular. Tanto como para no poder con las patatas fritas.

En la mesa de al lado, tres japonesas jóvenes (o tailandesas, o algo) y espectaculares dejaban casi enteros todos sus platos mientras un calvo feo y otra japonesa (o tailandesa, o algo) controlaban el cotarro y pagaban la cuenta. Yo pensaba que el calvo feo se había casado con la japonesa vieja y que las japonesas jóvenes eran las sobrinas, que habían venido a visitarlos y que luego se irían de juerga a una de esas discotecas caras donde, dicen, las muchachas llevan la voz cantante. Mi novia, por el contrario, opinaba lo que ustedes están pensando. Eso que probablemente se ajustara más a la realidad.

08 enero 2010

Fragonard en Manhattan

La Colección Frick se alberga en la antigua residencia de Henry Clay Frick (1849-1919), diseñada por Thomas Hastings y construida en 1913-14. Después del fallecimiento de la Srta. Frick en 1931, el arquitecto John Russell Pope hizo cambios y adiciones al edificio, y en 1935 la Colección se abrió al público.

La Colección conserva el ambiente de la casa particular del Sr. Frick, y por este motivo se ruega que los visitantes observen las reglas necesarias tanto para la protección de las obras de arte como para el ambiente en que se encuentran:

- No se admiten niños menores de diez años dada la fragilidad de muchos objetos que no se encuentran del todo protegidos por cordones y vitrinas.
- Los grupos se admiten solamente con cita previa. Los grandes debarán dividirse en grupos de no más de diez personas. Se prohibe dar charlas en las galerías.
- El servicio de guardarropa es gratis. Los abrigos (si no se llevan puestos), paquetes, paraguas y bolsos grandes deben dejarse en el guardarropa.

La Colección incluye algunas de las pinturas más destacadas de los más grandes maestros europeos, importantes esculturas (entre ellas sobresale una de las mejores colecciones de bronces pequeños), esmaltes de Limoges, alfombras orientales, y otras obras de arte de notable calidad.

Se aconseja que se visiten las salas en el orden indicado por los números en el plano.

...y al salir, escribí en el libro de visitas: "Mi vida es vulgar". Quien haya estado, lo comprenderá. De hecho, me quedé corto. Creo que todas mis vidas han sido vulgares. ¡Ah, sí! ¡Me encantan todas esas normas tan razonables que en España serían objeto de denuncia ante los medios por las asociaciones de padres de niños menores de diez años y de grupos de más de diez personas!

05 enero 2010

Disquerías

La crisis ha hecho que tanto Soundfix como Kim's Video, dos de las disquerías que hay que visitar obligatoriamente si uno pasa más de dos días en Nueva York, se trasladen a locales más amplios, más limpios, más cómodos y abandonen sus viejos y desvencijados emplazamientos. ¿Qué he dicho? ¿Que lo ha hecho la crisis? ¡Oh, no! ¡Imposible contradicción! Entonces, ¿cómo han podido? ¿Será que aquí la gente sí compra discos y apoya la música gastándose los cuartos más allá de la boquilla y de la socorrida y demagoga cantinela de "lo-que-de-verdad-le-importa-a-los-artistas-es-el-directo-que-del-disco-no-ven-un-duro"?

Es innegable que en ambas tiendas he encontrado un cierto incremento de los precios. El año pasado compré algunos discos de vinilo, nuevos, por cinco dólares. Esta vez, o los han escondido muy bien o han variado su política para poder afrontar los cambios mencionados que, insisto, a ambas les ha sentado muy bien, pero especialmente a Kim's Video, mucho más oxigenada y diáfana en una avenida muy cercana a su antigua sede, la que visité el año pasado gracias a Carlos Barreiro y un par de amigos muy friquis y muy divertidos de éste, en una agradable y lluviosa mañana donde yo era el único que llevaba paraguas. Hoy es una tienda de vestuario punky.

Cuando dentro de unos siglos los arqueólogos investiguen en los libros de cuentas de Soundfix y Kim's Video, encontrarán en dos fechas similares, pero en dos años correlativos, las desorbitadas sumas donadas a la causa por un tal Lobatón, que siempre se veía obligado a pagar con tarjeta. Lo que quizá no tengan dificultad en cotejar los investigadores es que el disquero neoyorquino es el único personaje antipático y desabrido del sector servicios. Es sintomático. Sin embargo, el otro día en el Museo de Brooklyn había organizado, uh, un karaoke rock... Contradicciones...

Me voy a Brooklyn Heights y luego cruzaré el puente, en Metro eso sí, que andando ya lo hice el año pasado, para hacer una visita a los almacences J&R, última parada disquera de mi viaje.

03 enero 2010

Ornamento y delito

Es un negro enorme... pero enorme. Está a lo suyo, rapeando con los cascos puestos y, por supuesto, nadie lo mira. Yo tampoco. Sólo lo oigo. A pesar de que no puedo evitar escucharlo, no me resulta agresivo, pero en todo ese rato pienso que esta no es música para blancos europeos, por mucho que la gente se empeñe; menos aún para blancos europeos pijos. Me siento súper lejano del negro y de su rollo. No me siento súper lejano de un gitanillo de Jerez cuando pretende darme coba al venderme cualquier cosa.

Medito tararear algo de mi cultura, de mi rollo... Necesito unos guantes, pues esta vez va en serio: hace un frío que corta los tomates, pero vamos a Williamsburg y no creo que allá encuentre unos como los que quiero, por lo que hoy tendré que seguir aguantando hasta el día en que vaya a Macy's. La acumulación de ideas me lleva a Manos de Topo, así que, dicho y hecho, me pongo a cantar en voz baja. El negro rapea y yo me pongo a lo mío:

Sé que hay un hombre que te toca
y que no lleva guantes
Te ata a la cama con hilo dental

Una estrofa y ya, porque, aparte de no querer molestar más de lo debido a mi novia, algo más a la izquierda hay una chiquilla leyendo; se la ve tan plácida y tan mona que parece sacada de los dibujos que contenían los relatos de El Barco de Vapor. Ojos y flequillo clavados en un libro, no sé cual, pero no puedo ni debo andar molestando a tantas muchachas.

Williamsburg es un desfile de glamour del siglo XXI. Me pregunto qué es lo que falla en Cádiz. ¿Es la gente fea o es que no se pone en valor? Me cruzo con un doble de Carlos Berlanga, con el mismo aire despreocupado pero el pelo más moreno. Odio a los chicos. La mayoría se merecen ser odiados. De las chicas no hablaré, que hoy ya he cubierto el cupo.

Aún así, algo empieza a oler mal. ¿Dónde están los límites de la paciencia? Ya no hablo de precios, que podría. Me hago otras preguntas. ¿Por dónde andan los límites de lo retro? ¿Y dónde empieza lo retro y acaba lo viejuno? ¿Y dónde acaba lo retro y empieza lo inútil? ¿Realmente necesitamos que sobreviva la Polaroid? He visto cámaras paleo-réflex con todo lo (in)necesario para hacer tus fotografías de película, para montarlas tú mismo. Y muchas otras cámaras semejantes a las que hace veintitantos años se regalaban en las primeras comuniones, aparte de cosas como camisetas de H&M de hace dos o tres temporadas... También he visto casamientos razonables, como el de una cinta de casette con un orificio para contener un lápiz USB en el que grabar a la pareja de turno las canciones de tu vida en MP3; un objeto ridículo, pero razonable entre el desbarajuste emocional capitalista.

En cambio, encuentro los guantes de mi vida, los que pensaba buscar en Macy's, en una tienda de moda inglesa de Bedford Ave. No son baratos, pero los amo tanto que no puedo resistirme. Y menos mal, porque me salvan la salud algo más tarde, al doblar la esquina donde antes se ubicaba Soundfix para tomar la calle donde se ubica el nuevo local de la disquería, en lo que supondrá el momento en el que he pasado más frío en toda mi mediterránea vida.

En Soundfix dos chavales discuten sobre Joy Division. El que está a favor me mira de cuando en vez buscando complicidad y yo sonrío divertidísimo. ¡Un debate en una tienda de discos! Mola todo. Al final, el que está a favor ("They're the punk! They're the real underground!") acaba preguntándome qué pienso, pero el encanto se rompe porque nada más abrir la boca me preguntan si soy español. El chico habla perfectamente la lengua porque su padre es de Salamanca. No de Pontevedra ni de Lanzarote. De Salamanca.

El Museo de Brooklyn exhibe estos días una exposición de fotografía y vídeo de historia del Rock, pero hoy la entrada es gratuita y, como me pasó antes con el frío, yo jamás he visto tanta gente concentrada en un museo, así que nos volvemos al vestíbulo, a ver lo que resta del concierto de Cordero, grupo que, aparte de no tener nada que ver con Lambchop, está haciendo que la gente se divierta.

El público es de todas las edades y los niños corretean solos, acompañados, con sus padres o con amigos, entre las esculturas de mármol, mientras otros padres bailan con sus hijos o degluten enormes bocadillos y beben vino. El arte desacralizado, el viejo objetivo de que la familia pase una tarde tranquilamente en el museo, ante nuestros ojos. ¿Qué pasaría en mi país? Me temo que sólo existirían dos posibilidades de victoria: la de la mala educación o, casi peor, la del esnobismo y las actitudes estiradas, contando, creo, con muchas más posibilidades esta última.

02 enero 2010

Copas bajo cero

- Buenas noches. ¿Es esta la carretera de Cuenca?
- Ya veo que se ha extraviado, amigo. Tanto que no sabe distinguir una carretera de la terraza de un rascacielos.
- Es que estaba aburrido en mi platillo volante y estaba buscando la carretera de Cuenca, que dicen por Andrómeda que está llena de puti clubs. Entonces he visto todas estas luces rojas y he pensado que era aquí.
- ¡Ah! No, estas luces son, en realidad... ejem... estufas.
- ¿Estufas?
- Sí, hace frío, ¿no le parece?
- Ni me lo parece ni me lo deja de parecer; no soy de aquí, no se olvide, pero si usted lo dice, así será.
- Pues eso.
- Pero, ¿le puedo hacer una pregunta?
- Claro, amigo.
- Si tanto frío tienen, ¿qué hacen aquí en la terraza de un vigésimo piso al raso, de noche, y a dos grados de los suyos de la tierra, bajo cero?
- Es una buena pregunta. De hecho, con la estufa no me da. Si no es por la manta en la que estoy envuelto...
- ¿No sabe lo que hace aquí?
- Tomar el fresco, está bien claro... Y contarlo luego. Eso seguro.
- Ya, oiga, yo sigo a lo mío. ¿Para Cuenca?
- ¿El puente ese? Pues todo recto para allá. No tiene pérdida.

01 enero 2010

Dean & Paquita

Me gusta más la Applestore del SOHO. Es más recoleta, mi palabra favorita, más abarcable y, vale, lo admito, mucha gente no sabe ni que existe. Cuando salgo de ella con mi actualización a Snow Leopard, mi nuevo Magic Mouse y los terceros auriculares para mi, cada vez más extraño, i-Pod nano, miro a derecha e izquierda antes de empezar a andar. Todavía tengo la barra del portón en la mano cuando me quedo congelado. Mi lento cerebro ha procesado la percepción de una chica conocida en mi primer vistazo a la derecha. Me vuelvo a girar y me quedo mudo y serio, mientras la observo fijamente y le sostengo la puerta. Tardo en caer quién es y entonces no digo nada, pero ella me sonríe y me da las gracias -en inglés, claro, que yo ya estoy mimetizao- aunque yo mantengo clavada en ella mi mirada, lo que le da a la escena un cierto marchamo psicopático. Me justifico a mí mismo. No estoy acostumbrado a ver a Paquita la de Cuéntame tan mona, con su gorro de lana en la cabeza y fuera del barrio de San Genaro. Segundo día y segunda famosa. Española.

Es mejor ser discreto. Como en el concierto de Dean & Britta. Reconozco que más de una vez estuve tentado de sacar la cámara y grabar, pero es que no lo estaba haciendo casi nadie, y los que sí, muy puntualmente. Pensé que las personas que graban conciertos con el móvil o la digital de bolsillo en lugar de escucharlos -o hablar, ligar y enamorarse, opción mucho más preferible- hacen un buen servicio a través de Youtube, pero al mismo tiempo guardan ciertas concomitancias con esas otras que en el acueducto de Segovia esculpen un corazón tipo "Manolo y Conchi, 6/9/85". Algo así como el anuncio ese con el que Canal + promocionaba el cine sin cortes publicitarios, y donde alguien rasgaba por la mitad "La Maja Desnuda" de Goya. Aún así, prefiero tomarme el tema con calma, porque la verdad, no conozco a casi nadie que no grabe el concierto en lugar de escucharlo.

Dean es un personaje glamouroso y atractivo, mitad Brian Ferry mitad Richard Channing. Britta es, supongo, lo que le gustaría ser a Christina Rosenvinge. En realidad, no me importa lo que le gustaría ser a Christina Rosenvinge, porque yo querría ser Dean y punto. Me gustaría haber compuesto esas canciones y vivir una tercera juventud creativa manteniendo cerca a esa rubia espectacular. Y que lleváramos nuestros nombres impresos en letras doradas en la correa. Dean es un jefe. Daría lo que fuese por estar en su piel, recuperando para terminar el concierto parte del repertorio de Galaxie 500 y acabando con... con... pues no me sale el nombre... La cantaría, pero no me van a oír.

Los teloneros eran un tostón. Y un timo, dicho sea de paso. Al principio me la colaron porque eran como una versión de la pareja protagonista, pero afectada, claro... Como esos grupos que salen ahora que son como Los Planetas pero en cutre. Ahora, que los colocas en mitad de cualquier festival con un poco de pretensiones y dan el pego, eso seguro.

Había, me dijo el ser enorme de la puerta, quinientas personas. Mi novia dice que trescientos. Yo, cuatrocientos. Cualquiera de las tres cifras, traducida convenientemente a las proporciones de Cádiz, se convertiría en ridícula.

En NY, por otra parte, utilizan el sistema métrico para lo que les conviene. Decidimos meternos en un pub a ver cómo el personal vivía la famosa cuenta atrás de la Nochevieja. Mi novia, además, se empeñó en que yo sacara las veinticuatro uvas que llevaba en una bolsa, pero no contábamos con un factor imprevisto pero inevitable: Nuestra manera de medir la hora, y por ende las campanadas, procede de las culturas del Oriente Próximo y es sexagesimal. Este país, ya saben, es un batiburrillo, así que la cuenta atrás empezaba en el diez, no en el doce, con lo que se nos quedaron, mínimo, cuatro uvas colgadas. En cualquier caso, fue simpático comprobar cómo verdaderamente muchos tíos estaban esperando ese momento para entrarle a la chavala de al lado.