Lujo y desamparo
Volvisteis a planificar el verano de la misma manera equivocada que en los últimos años. Fantaseabais con tardes y mañanas muertas en las que procrastinar: los libros que ingenuamente esperaban su momento de gloria con motivo de las vacaciones de funcionario tirados en el césped, mientras hacíais el idiota liberando espacio de la memoria del WhatsApp y clasificando y borrando fotos de la nube. Proyectasteis de nuevo haceros el ciclo de Berlanga apoyados en el libro de Miguel Ángel Villena: un capítulo, una película. También considerasteis dedicarle otro ciclo a Spielberg; y a Clint Eastwood; y a algún otro que se os viene y se os va de la cabeza.
Imaginabais tardes diarias de disciplinados estiramientos que socavarían la posibilidad de cualquier lesión muscular; madrugones en días alternos para ganar la pista de tenis evitando las horas de calor; os visualizabais levantándoos pesadamente de la hamaca hacia el final de la tarde para encaminaros a la ducha y salir a dar un paseo con el pelo mojado y algún outfit voluntarista y necesariamente estéril en el previsible marco nocturno de la urbanización.
Chasqueáis la lengua cuando nada sucede según lo esperado y cuando os sorprendéis peleando contra la permanencia de tantos automatismos que querrían haber alcanzado el rango de instintos. Miráis atrás, a unos tiempos insoportablemente cercanos, pero que ya no volverán, en los que el hábito era vuestra queja acerca de los horarios, las obligaciones, los compromisos, la rigidez, las normas, el orden. El horario de vuelta de la playa matutina; el compromiso de la cena diaria a una hora civilizada; la mesa siempre puesta y ordenada desde las 11 de cada mañana; la manutención a la que jamás teníais que dedicar ni medio minuto de vuestro pensamiento; la ropa que todas las tardes os encontrabais doblada en el sofá del pasillo; el suelo impoluto con aroma a aceite de linaza...
Vuestra insolente frivolidad proponía una alternativa para cada una de esas variables de lujo sereno y gratuito. Os estaban cuidando y, sin embargo, os revolvíais. Y no sería porque nadie os hubiera advertido de qué va la vida y cuál es la verdadera naturaleza del amor, del lujo y de los privilegios.
En una ocasión, uno de vosotros regresaba a su casa en coche. Era verano, habías pasado el día en la playa y tenías hambruza. Pediste el teléfono móvil a tu padre para llamar a tu abuela y rogarle, con tanto cariño como poca vergüenza, que (te) fuera preparando un par de huevos fritos con patatas, indicándole tanto tu posición -a la altura del Chato- como el punto que querías que lograra en las patatas fritas. Tu abuela se carcajeó, pero se puso a ello con gusto.
- Tú no sabes la suerte que tienes de poder hacer eso... -acertó a decir tu padre sonriendo con un punto de envidia y nostalgia.
Siempre tuviste presente aquella tarde, aquella llamada y aquella frase de tu padre; pero no lo suficiente.



