Tardes de soledad. Años de ignorancia.
Describía Isabel Vázquez (autodeclarada como anti-antitaurina) allá por septiembre, cuando vio el pase en San Sebastián, un ambiente de conmoción que situaba a la obra de Albert Serra en una inapelable posición de favoritismo para la obtención de la Concha de Oro; según la especialista en cine de La Cultureta, sólo una manifiesta arbitrariedad y/o la intervención de motivaciones políticas podrían haber privado a Tardes de soledad del máximo galardón en la cita donostiarra. Asimismo, refería una situación de desconcierto que, desde mi posición de oyente, se identificaba con aquel que sólo son capaces de producir las obras maestras.
Parto de una necesaria base aclaratoria: Yo no entiendo nada de toros. Sí es un mundo que me resulta fascinante y que hago lo que puedo para conocer y así aprender a saborearlo, pero siento que es muy complicado llegar a hacerlo sin que ese conocimiento haya sido administrado desde la infancia. Apenas soy capaz de distinguir cuando el matador lo hace bien o lo hace mal; ni mucho menos de indignarme debido a disyuntivas de pureza y ortodoxia versus transgresión y heterodoxia, más allá de hechos muy incontestables, como cerrar una plaza sólo para mujeres, el salto de la rana o mordisquear el pitón de un astado.
Tampoco es que entienda mucho más de cine, claro. ¿Por qué hablar de Tardes de soledad entonces, más allá de que sea un fenómeno que podría estar superando entre los diletantes como yo el impacto de la reaparición en 2007 de José Tomás? Bueno, porque otra cosa no, pero sabemos emocionarnos ante obras cuyo recuerdo, demasiado poco tiempo después, nos ponen los vellos de punta.
Citando de nuevo aquella intervención de Isabel Vázquez, decisiva para crear en mí una fuerte expectación por ver la película, recuerdo cómo desgranó las muy diversas reacciones del respetable tras el pase en el festival vasco: Antitaurinos indignados, taurinos confusos, indiferentes noqueados, antitaurinos rendidos, taurinos abducidos, indiferentes bostezando, taurinos iracundos, indiferentes extasiados... Todo un abanico de reacciones que, de entrada, consolidaba la idea de que la película era libre, independiente, sin ningún ánimo de buscar la palmadita en el hombro de ningún colectivo, sin más propósito que el de abordar la fiesta desde una perspectiva cinematográfica, acaso el más ambicioso de los objetivos, el de abrirse camino sin tomar partido, simplemente mostrando, enseñando, en lo que será un ejercicio preciosista, pero crudo; visceral, pero aséptico. Contradicciones. Como en la lidia. Como en la vida.
La pesadumbre y la decepción se pueden encontrar en varios textos de críticos taurinos que, seguramente, esperaban encontrar un documental que ensalzara de una manera más diáfana la fiesta y en la que echan de menos al público y otros agentes imprescindibles del mundo del toreo. Sin embargo, Albert Serra ha elegido poner el foco en toro y torero, prescindiendo de imágenes de los tendidos, del palco, de los cielos de Madrid, Santander o Sevilla. Primeros planos rodados con un nivel de detalle sobrecogedor y en los que cobra una especial relevancia el despliegue técnico llevado a cabo por los especialistas de sonido, lo que nos permite recrearnos en la porfía entre matador y astado, además de buscar apoyo, respiro y empatía entre las continuas exclamaciones, ánimos y exabruptos de la cuadrilla, única concesión -quién sabe si por la imposibilidad de ser eliminada- del director más allá del protagonismo casi absoluto de las dos figuras principales.
Impresiona pensar horas más tarde del visionado de Tardes de soledad que Serra ha logrado crear una trama, trenzar un arco narrativo. Emociona recordar varias escenas y reparar en que esa, y no otra, es tu favorita. Descoloca reconocer cómo con una arquitectura monótona -lidia, furgoneta, hotel, furgoneta, lidia...- se ha erigido un relato coronado por la indiscutible plasticidad del (afortunado) percance sufrido por el maestro peruano en Santander. ¿Nos ponemos a hablar ahora de lo siniestro, la muerte, el Eros / Tánatos, etc.? Qué aburrimiento...
Hay relato porque los toros tienen presencia y carácter; porque se ha logrado plasmar la nobleza cuando la había, como en el segundo y enorme morlaco de La Maestranza, y también la incertidumbre cuando era ésta la que reinaba. Podrían ser muchos los momentos en los que el instinto puede llevar al espectador a apartar la mirada, pero hay que recordar las palabras del director, cuando aseveraba que del toro era bonita hasta su muerte; por eso, por respeto al animal, me quedé observando un par de puntillas fallidas, un espasmo, una lengua que entraba, que salía, otro espasmo y, más allá, unos ojos que no acababan de cerrarse.
Por su parte, Roca Rey es representado como una nueva encarnación de Apolo; hierático, frío, analítico, distante, resolutivo, revanchista, implacable, ambicioso, pero también grato. E inseguro, templado, contenido y atormentado. Sí, como Apolo.