27 julio 2006

Días de FIB (I)


Pasado reciente... o no tanto

Ocurre siempre que vuelves de allí. Una nostalgia tremenda por las, aún inmediatas, emociones vividas y los buenos momentos proporcionados por los músicos, mientras que la muñeca sigue protestando por el roce de la pulsera, aún habiendo prescindido ya de ésta, y en la cabeza conviven, en forma de flashes, momentos muy puntuales de la edición correspondiente.

Echo la vista atrás y recuerdo a Tim Booth interpretando She's a star, o a Flaming Lips y su tremendo gong, o The Beta Band, cuyo vocalista se movía exactamente igual que Noel Gallagher, o la mirada iluminada de Thom Yorke... No es fácil asociar tal año a cual grupo, aunque es claro que, en 2006, el Festival Internacional de Benicàssim ha entrado ya en la dinámica de la gran empresa, y que su carácter independiente ya no es el único ni el más importante rasgo que lo caracteriza. Digo esto porque, hoy, resultaría difícil imaginar a Australian Blonde, La Habitación Roja o Cooper en el Escenario Verde y, sin embargo, ello fue así no hace mucho tiempo. No voy a entrar a valorar si es mejor o peor ahora; es diferente, eso seguro. Además de esta referencia, la total profesionalización del FIB, la edición de 2006 quedará, para mí, invariablemente asociada a la imagen de Morrissey.

Otra constante de la vuelta de un festival, viene siempre dada por el hecho de que uno se pregunta cómo no pudo estar en tres sitios al mismo tiempo. La experiencia va mitigando esa frustración, la que ocasionó el viernes el descarte de Dominique A, cuyo recital quedó emparedado entre Echo & The Bunnymen y The Strokes.

No obstante, el viernes siempre es un día anárquico, donde se recorre el recinto analizando las mejoras y novedades introducidas por la organización, y las tiendas con camisetas de Naranjito o Heidi, tan propias de la generación busca-mitos que hemos conformado los nacidos en la década de los setenta.

El dilema británico

Así que, desperezándonos aún, el concierto de Babyshambles, el primero del que disfrutamos, sirvió para comprobar dos cosas: Una, que realmente Pete Doherty comparece a veces sobre los escenarios para ofrecer rock enérgico a la par que fresco, con ingredientes propios de la mejor tradición de las islas... pero que Libertines nos gustaban más. Dos, que la presencia de público del Reino Unido iba a ser una constante en la duodécima edición del FIB, y, quizá, su característica más importante en el terreno social.

El FIB siempre fue un remanso de paz. El público se caracterizaba porque, cualquier individuo, era capaz de darse media vuelta, apresuradamente, para pedir perdón, al menor roce, al más leve pisotón. Sin ser demasiado negativos, se puede afirmar con seguridad que esto ya no es estrictamente así. Las grandes concentraciones de público, el calor, y la irritante actitud de buena parte de los ingleses, han causado, a mi entender, una crispación latente entre los fibers.

Desde el primer día pudimos ver que, en efecto, algo había cambiado. Especialmente, en el concierto de Pixies, banda que, por otra parte, ni me va ni me viene, dicho sea de paso. Prefiero mil veces cuando canta Kim Deal, y me quedo con The Breeders. Qué sé yo. Cosas que tiene uno.

Pero hablaba de la participación del público extranjero, concretamente del británico, que enrareció considerablemente el ambiente del recinto tal como yo lo recordaba, hasta tal punto que, si se vuelve a repetir esa presencia masiva de personas procedentes del Reino Unido, me plantearé seriamente volver. Y es que los ingleses son como ese amigo que todos tuvimos en la adolescencia que, en el uno a uno era un gran tipo, leal, interesante, amante de la buena música y buen cine, y en pandilla se transformaba en un imbécil que meaba en vasos y cosas de ese estilo. Esto es, los ingleses son estupendos por separado, pero insoportables en manada.

Eficiencia neoyorquina

Decían que uno de los grandes objetivos del cambio de fechas, era posibilitar el acceso a grupos que, en agosto, ya se encontraban comprometidos con otros festivales o eventos. Para reforzar este argumento, The Strokes fue, prácticamente, el primer nombre fuerte que se anunció.

Tardaron tres discos en llegar a la Costa del Azahar, por lo que se les esperaba con fruición, pero los muchachos de la Gran Manzana contaban, a priori, con un importante problema: recientemente abrazaron la mediocridad en forma de tercer disco. Sin embargo, ello no fue óbice para que ofrecieran un concierto magnífico, con un sonido impecable y una elección de canciones poco discutible. Hace unos meses, dije que su tercer trabajo no era tan malo. Sigo pensando igual, pero matizo: al lado de Is this it? constituye una medianía insignificante.

La claridad de ideas y contundencia de clásicos como Hard to explain o Last nite no se vislumbra ni de lejos en First impressions of Earth. Digo todo esto, aunque no toca, porque, meritoriamente, este hecho apenas se notó en directo. Antes al contrario, Hammond y Valensi nos deleitaron con sus perezosos y "garrapateros" riffs, mientras que Julian Casablancas dejó muy alto el listón al resto de vocalistas del festival, demostrando al mismo tiempo una gran capacidad escénica. Un concierto casi perfecto, que lo podía haber sido si no hubiera mediado el desprecio al Room on fire, un disco que merece algo más que la solitaria (y genial) Reptilia, y la consiguiente puesta en valor de calamidades como Juice Box.

Viendo a Strokes, uno acabó de creerse definitivamente (y mira que me he resistido) el cacareado pique con Franz Ferdinand, por el trono de ese fronterizo reino entre los 40 Principales y el mundillo independiente. De existir la disputa, los americanos salieron el viernes con una puntuación muy alta, con un espectáculo que superaba en algún cuerpo el ofrecido por los escoceses meses atrás en Madrid.

Sí daba la sensación de que, desde luego, los artistas querían estar a la altura de su responsabilidad. Esta impresión que me dieron los Strokes, la corroboro con la perspectiva que dan los tres días, comprobando que, de Pete Doherty a Martin Gore, la profesionalidad y la entrega fueron notas dominantes de todos los grupos que pasaron por este FIB 2006.


Locales menguantes

La internacionalización del cartel del FIB, conlleva que los pocos representantes españoles hayan de ser cazados al vuelo. Entre las coincidencias y su colocación tempranera en el cartel, no pudimos disfrutar de muchos. El primero que vimos fue Garzón, quienes, al margen de las consideraciones políticas sobre las que Josu se muere por escribir, demostraron que, al menos musicalmente, no son unos niñatos, con el clásico pop fresco y colorido de melodías sencillas y de letras aún más sencillas... algunas demasiado.

Mientras, El Columpio Asesino, ganadores de la segunda edición del Proyecto Demo, ofrecieron un repertorio muy sólido, maduro y ecléctico, con elementos procedentes, tanto del dance-rock imperante, como de la electrónica o del funky. Francamente, una de las mejores impresiones del festival.

Siempre es reconfortante que te recuerden que la experimentación, la fusión, no están necesariamente asociadas a la estafa y al mercadeo. Ocurre con El columpio, y también con 12Twelve, cuyo último disco ha cruzado la frontera del post rock para investigar los caminos del jazz. Lo poco que escuchamos nos dejó con ganas de más. Babyshambles no eran mejores.

(Continuará)