27 enero 2007

Vuelta al campus

¿Qué tienen en común Tachenko y Micah P. Hinson? Aparentemente, nada, claro, pero en realidad cuentan con una concomitancia básica que, en el mundo del Arte, suele distinguir a los diferentes de las medianías: Se divierten y, además, no se lo toman demasiado a pecho, sobre todo no se toman demasiado en serio el hecho de “ser indies”.

Sirva esto para ilustrar un poco la pesadez y sobrecarga muscular que, el pasado lunes 22, produjo entre los asistentes al triple concierto de Campus Rock de la UCA -en el aulario de La Bomba- la primera parte protagonizada por los gaditanos Lizardville. El grupo de La Línea, pese a haberse hecho con el triunfo en el XIII Concurso de Maquetas de la UCA, personifica perfectamente a cualquiera de esas decenas de bandas que se presentan ante el público antes de presentarse ante sí mismas o, dicho de un modo más llano, que bajo la coartada de ser indies, no tienen ningún problema en castigar al personal con un coñazo monumental.

Pasado el trago, aparece el primer protagonista de la noche. Will Johnson ante el auditorio, con la sola compañía de una telecaster negra, lanza una desgarradora plegaria. Sobre el helado paraje bombástico ocurre el milagro; Texas misma se manifiesta y, en breves momentos, un sol abrasador consigue que el polvo del desierto se adhiera a nuestros sudados cuerpos mientras una espina de cactus traicionera se clava en nuestra mano izquierda. Un paisaje donde la presencia de hombres, aún más de gaditanos es una inusitada anomalía.

Es la manifestación, y perdón por reiterarme, de aquello que se ha dado en llamar “la americana”, etiqueta (otra) no demasiado conocida entre el gran público que define el movimiento que sacude la música de raíces estadounidense en lo más profundo de su ser.

Es el carro en el que, por ejemplo, viaja desde algún tiempo Remate -quien, desde el sello Acuarela, nos ofrecerá nuevo disco a lo largo del próximo mes de febrero- y, con algo menos de acierto, el valenciano Siwel: sentimiento (puro y jondo), pureza instrumental, deconstrucción, desnudez, escalofríos.

Una actuación que contrasta profundamente con lo sufrido anteriormente, sobre todo cuando pone de relieve la solvencia de la voz y la guitarra –muchas veces testimonial, incluso- a la hora de armar un concierto.

Apenas he escuchado a Centro-Matic o a South San Gabriel, los vigentes grupos de Will Johnson –quien, como Jeff Tweedy con Wilco, no ha hecho más que aparcar temporalmente sus dos proyectos principales- pero la comparecencia de su líder nos ofreció al primer tejano simpático de la noche, hablando un inglés inteligible entre canción y canción, reclamando homenaje al magullado Hinson, y, sobre todo y ante todo, ofreciendo Cante Grande durante una hora, es decir, malagueñas, soleás, y siguiriyas traducidas al idioma melódico y lingüístico de la América Profunda.

Está claro que España, Andalucía, Cádiz es un sitio más que adecuado para que estos cachazudos muchachos logren establecer cierta empatía con el público, pero ésta será aún mayor si el músico tiene una cierta aura de personaje, más con los carnavales a la vuelta de la esquina. Como Cádiz prefiere a Chano y a Pericón que a Porrina o Antonio Mairena, tanto las bulerías y alegrías del cabeza de cartel Hinson, como sus innumerables ocurrencias entre tema y tema constituyeron, por fin, la cima de la noche.

Acompañado por un solo músico que, a ratos iba al bajo, a ratos a la batería, la gran realidad tejana dio un paseo por su, aún corta, discografía, brillando especialmente en los temas que han contribuido a hacer de "And the opera circuit" una de las cumbres discográficas del pasado 2006. Temas como "Drift off to sleep", sencillamente, escalofriante, o el glorioso "She don’t own me", con su engañoso comienzo festivo y el progresivo paso al diálogo pausado entre guitarra y banjo -perfecta metáfora de la ilusión inicial frustrada- se mezclaban con el sentido del humor de Hinson, desesperado ante los continuos desajustes producidos por su purista palanca de vibrato de Bigsby Travis.

Hace poco oí en una entrevista a Nacho Canut que Fangoria recuperaban el bajo eléctrico, pero que lo tocaría siempre otro, porque “yo ya no tengo edad para colgarme un bajo... vamos, ni un bajo ni nada”. Y eso nadando, como mínimo, un kilómetro al día.

Traigo esto a colación porque, conociendo los sinsabores sanitarios –justamente en la espalda- que padeció últimamente Micah P. Hinson, con secuelas visibles tanto en su abanico de posturas desgarbadas, como en su inusual manera de ceñirse la guitarra (casi a la manera de los rumberos) como también en la dosis de medicamentos que se tragó a mitad del concierto, conociendo todo esto, decía, cuesta creer que dentro de ese enclenque cuerpecillo de Steve Urkel haya cabida para una voz tan majestuosa e intimidante, a la altura de las grandes leyendas de la (tradición) americana.

Lástima que, ay, el esfuerzo mental por trasladarse al desierto tejano no fue suficiente para superar la evidencia de que en el recinto de La Bomba hacía un frío que pelaba, unido ello a que era lunes y al retraso excesivo causado por Lizardville. El éxodo prematuro de más de la mitad del público fue la triste consecuencia de ese cúmulo de factores negativos. Y reconozco que yo fui uno de ellos. No me quedé a los bises porque no podía más, y el último tema que disfruté fue el apoteósico "You’re only lonely".

Aún así, con un canto en los dientes me doy yo si en mi vuelta a Cádiz me encuentro un concierto así una vez al mes.

Bienvenido Mister Johnson.
Bienvenido Mister Hinson.
Vuelvan pronto.




Isaac Lobatón