La muerte, incluso

Yo estudié en Sevilla y a mí no me dio clase, pero a algunos amigos míos de la Autónoma, sí, y yo me moría de envidia. Cierto es que Fernando Martín, mi profesor de Arte Contemporáneo, al que casi todos odiaban menos yo y cuatro más -por lo que, por supuesto, nos sentíamos superiores al resto-, nos lo había vendido muy bien, pero lo cierto es que me encantó la única vez que asistí a una charla de Juan Antonio Ramírez, una conferencia sobre lo suyo, el Dadaísmo, Duchamp... Las cositas... Eran otros momentos. Todavía uno quería ser culto, leer todo lo posible y no contribuir a hacer descender el Arte hasta profundidades vulgares porque el Arte, como bien dice en la entrevista que hay detrás de la foto, no puede intentar ser rentable -ni divertido- a toda costa, simplemente ser.
Años más tarde lo vi en la fnac, con su cara de susto y sus gruesas y redondas gafas de pasta naranja, y pensé en decirle algo, pero claro, lo único que hice fue ir corriendo a un compañero que, el pobrecito mío, no sabía hacer la o con un canuto y a todo lo que llegó fue a fingir solidaridad de fan.
Antes de ello, había leído "Duchamp, el amor y la muerte, incluso", la mejor manera que se conocía en ese momento -ignoro si ha sido sustituida por otra- de acercarse a esa figura, absolutamente central, pero no lo suficientemente centrada, del siglo XX. Esa obra, por cierto, estuvo mucho tiempo descatalogada, pero ahora aparece en la web de Siruela junto a La metáfora de la colmena, otro enriquecedor ensayo del mismo autor, que este sí, procuro tener siempre a la vista como fetiche de mi carrera que es.
Un gran respiro para la banalidad y la superficialidad, que ya se ven en semifinales.
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