08 julio 2010

Mundial 2010: Para nosotros


Se llamaba, o se llama, Pepe. Pepe Rojas, concretamente. Un día cualquiera, sin venir a cuento, sin partido de por medio ni nada, se presentó en clase con algo realmente difícil de ver: el equipo (nadie le llamaba equipación) completo de "el España". Con botas y todo.

Pepe era estúpido. O no. Lo que pasa es que yo todavía no había aprendido la palabra "repelente", que definía mejor a Pepe. Eso es. Repelente. Un niño bastante feo y con cara de flan que solía ufanarse de las mercaderías que le proporcionaba el bazar turístico de su familia; aquella mañana acaparaba todas las miradas gracias a su equipo de "el España", a pesar de que todos sabíamos que procedía de aquella especie de tienda "de Ceuta". Recuerdo un silencio sepulcral en esa clase teñida de verde. Respeto, admiración... envidia. ¡Y eso que aquella camiseta, aquellas calzonas y aquellas medias no eran Adidas! No recuerdo en mi infancia haber visto ninguna equipación de España original. El que quería una camiseta de fútbol iba, más que a una tienda de deportes, a una de disfraces. Las elásticas -por decir algo- no tenían escudo; había que comprarlo aparte y después coserlo. Imagino que no fue así, pero yo tengo la sensación de que Pepe, aún sin escudo, se pasó la mañana entera en mitad de la clase, tal era el estupor general. Todo el mundo quería ser Pepe, con su puta madre.

Hace un par de años entré en la tienda a mirar si estaba o, más bien, a comprobar si, aún estando, sería capaz de reconocerle. Creí hacerlo, pero no me acerqué, tercio por no estar seguro, tercio porque él tenía mucho trajín, tercio por no quedarme planchado recibiendo la clásica respuesta "pues yo no me acuerdo de ti". Y es que hace veintiseis o veintisiete años (hablo de esa época; hagan cuentas) el negocio estaba en un buen sitio, pero resulta que ese mismo sitio ahora es mucho mejor. Justo al ladito del hotel de Ana Torroja, en el corazón de Tarifa. No vi que vendieran equipos de fútbol, pero ahí estaba él, despachando botes de Delial, chanclas baratas y cosas así.

Me gustaría ver al repelente Pepe y darle un abrazo. No conservo amigos con quien compartiera la gesta de Malta, y puede que Pepe, de todos los pardillos que me rodeaban en aquel 1º A a la mañana siguiente de aquella proeza, fuera el único, junto conmigo, que no se acostó al descanso, cuando el marcador señalaba un raquítico 3-1. "-¿Como que no os dejaron verlo? ¿Como que os mandaron a dormir?", repetía yo una y otra vez al día siguiente. No entendía nada.

Una tarde, después de clase, y paseando por mi madre con Tarifa, vi a Pepe. Esta vez iba acompañado por otros dos chavales de mi clase; Raúl (creo), el clásico chulito rubio con flequillo, y Jesús, un tipo gordito y mofletudo nada envidiable tampoco. Los tres, no obstante, iban con su equipo "del España". Me falla un nombre, porque recuerdo al rubito diciendo algo así como "este es Alejandro, pero siempre le decimos Alexanco". Yo me quedé sin palabras. Quería ese equipo. Mi madre protestó y se preguntó qué hacían esos niños vestidos "del España", en lugar de llevar la camiseta del Cádiz, que era la que me habían traído los Reyes. Pero a mí el Cádiz me daba igual; desde Tarifa me quedaba lejos y, sí, estaba en Primera aquel año, pero yo ni sabía muy bien lo que era Primera ni aún había aprendido a amarlo. En cambio, "al España", sí.

Somos muchos los que tenemos como primer recuerdo futbolístico nítido la goleada a Malta. Antes, puedo intuir retazos desenfocados de decepción. La voz de mi abuelo recurrente ("No son malos los españoles..."), un hombre con el pelo negro, guapo, que se movía espasmódicamente en el área pequeña con una camiseta verde y negra, una voz monótona y grave que salía de la televisión y una especie de desilusión global y resignada. Era el Mundial 82. Mi cabeza conserva sólo algunas sensaciones e imágenes sueltas, que no es poco, pero no es suficiente.

Ruego me disculpen, pero este post es un homenaje a todos los que, a desde aquel partido, comprendimos que algo grande estaba por llegar; que, aunque no sea importante, aun cuando no nos vaya a cambiar la vida ni mucho ni poco, sino más bien nada, sólo la selección española podría proporcionarnos las mayores dosis de éxtasis futbolístico y deportivo; para los que seguimos citas tan decepcionantes como la Eurocopa del 88 (aún no he encontrado a nadie con quien compartir cómo arranque de un suplemento del diario una foto de 1x1 cm de la cabeza de Vialli y la quemé en la terraza con un mechero), la no clasificación para la Eurocopa del 92, los tediosos amistosos y partidos de clasificación, la exasperante era Clemente, al que sólo defendíamos aquellos que, sencillamente, queríamos ganar lo antes posible, sin esperar a un cambio de ciclo ni de nada. Ganar. Ganar. En la próxima. Siempre esperando. Siempre al límite. Siempre mediatizados por la injusticia y la falta de competitividad.

No seré yo quién expulse a nadie de este foro, pero no se den por aludidos los que se suben al carro ahora. Esto es nuestro, de los que nunca perdimos la esperanza, de los que cuando los demás hablaban del despido de Toshack tratábamos, sin éxito, de cambiar de tema proponiendo como seleccionador a Irureta. Es de gente que ya no está, que se fue sin que este equipo le proporcionara una alegría, no vitalmente necesaria, pero oye, qué bien les habría venido, como mi abuelo, como el padre de J. como A., al que le dio tiempo a disfrutar del triunfo hace dos años en Viena. Es también de gente que no puede volcarse en la pantalla como quisiera, como dos o tres personas a las que quiero bien.

Espera Holanda. No importa ganar, pero si ganamos mejor. De eso hablaré otro día. Hoy tocaba otra cosa.

Decía que habíamos dejado a Raúl (o Alejandro), Pepe y Jesús atrás. Mi madre cuestionándose por qué no llevaban camisetas del Cádiz. En esas protesté. Meses más tarde, mi abuelo adquirió un par de escudos en Sports Play, esa añorada tienda de deportes de Corneta Soto Guerrero. Uno era de plástico, muy cutre, la verdad; el otro era bordado, chulísimo. Mi abuela lo cosió en la camiseta roja. Mi equipo no había tardado demasiado en llegar. Supongo que fue adquirido en la tienda de Pepe. Aún lo conservo. Y no lo cambiaría ni por ningún miserable Fred Perry. Puede que ni por un beso de la flaca, oigan. Y es que el fútbol, señores, es así.

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